Filosofía China

Mencio, un legendario sabio de China clásica

E l filósofo chino Meng-tseu, conocido en Occidente con el nombre de Mencio, fue uno de los más prominentes discípulos del gran Confucio, pues,tanto por su pensamiento como por sus notables escritos es considerado su único verdadero sucesor filosófico. Sus contemporáneos llegaron a venerarlo como Yakin (persona santa), y su obra, unida a los Apotemas de Confucio, debía ser aprendida de memoria por los aspirantes a empleos públicos de la época.

En contraposición con corrientes de pensamiento que defendían posturas tan extremas como el absoluto egoísmo, Mencio manifestaba: “El que sigue la recta razón sirve bien al cielo”, poniendo como ideales del ser humano la filantropía, la rectitud y la justicia en el obrar.

A lo largo de su vida, fue , al igual que su maestro, difundiendo su pensamiento por los diversos reinos de China, en una época de gran inestabilidad y conmoción social. De nación en nación y de pueblo en pueblo fue manteniendo diálogos con gobernantes y reyes, induciendolos a escuchar más la opinión del pueblo, idéa no solo revolucionaria sino hasta atrevida para su época. Afirmaba Mencio que ningún acto malintencionado debía ser pasado por alto, y que la base de la prosperidad de toda la nación se apoyaba en un absoluto respeto familiar, y en la veneración a los padres. Su manera de argumentar de estilo socrático, muchas veces irónico, se basaba en la formulación de preguntas hábiles que inducían al interlocutor a comprender profundas verdades. Siempre utilizaba argumentos contundentes que a la vez eran fáciles de entender, y obligaban a sus adversarios a confesar que estaban en un error.

Uno de los reyesuelos que con sus litigiosas ambiciones turbaba permanentemente la paz de China, pretendió convencer a Mencio, mediante palabras engañosas, para que éste permaneciera a su lado otorgándole popularidad. Con falsa humildad preguntó al sabio qué cosa necesitaba para gobernar sobre toda la gran nación china.

“El que sepa de veras amar al pueblo”, -respondió Mencio- podrá restablecer el orden y reinar sobre todo el imperio”. “¿Creeis que haya en mi todo lo necesario para amar al pueblo?” – preguntó el rey, con fingida humildad. “ Lo tenéis. Yo sé por un ministro vuestro que estando un día en palacio visteis pasar a los pies de vuestro trono a unas personas que conducían a un buey atado. Cuando preguntasteis a dónde lo llevaban, ellos respondieron que iban a inmolarlo para barnizar con su sangre una campana nueva. Entonces ordenasteis que lo soltasen, conmovido por el miedo que manifestaba el animal, semejante a un inocente conducido al suplicio y en su lugar mandasteis que tomasen una oveja para el sacrificio. ¿No es así? Lo que entonces hicisteis es suficiente para demostrar que eres digno del trono. Y aunque en aquel momento vuestros

súbditos supusieron que habíais obrado por avaricia, -una oveja es más barata que un buey- yo creo que cedisteis a la ternura. En realidad, aunque la oveja no tenía más culpa que el buey, éste es un subterfugio de la humanidad. Uno de los animales estaba a vuestra vista, pero al otro no lo veías. El sabio no puede ver degollar a los animales que ha visto vivos, y cuando ha oído sus lastimeros gritos no puede alimentarse con su carne, por eso el sabio coloca la cocina en lugar alejado de cualquier matadero”.

El rey, atónito por la clara sabiduría de Mencio, volvió a preguntar:

“Habéis explicado una cosa que a mí me costaba trabajo comprender, pero decidme: ¿Acaso la ternura que en ese momento experimenté es conveniente para quien quiere gobernar bien?”

Mencio le respondió: “Si un hombre dijera a vuestra majestad, que puede sostener un peso de tres mil kilos, pero que no puede levantar una pluma” o “que sus ojos pueden ver crecer el caballo, pero que no alcanzan a distinguir un carro cargado de leña, le creeríais?.”

“De ninguna manera”, respondió el rey.

“Sin embargo”, continuó el filósofo, “esa ternura que tan generosamente se extiende a los animales, nunca tiene en cuenta el sufrimiento de vuestro pueblo. Vuestra majestad se parece a aquel hombre que no pudiendo levantar una pluma, asegura poder alzar tres toneladas. Tenéis en vos cuanto se necesita para reinar, pero no haceis uso de ello.

“Bienvenido”, le dijo el rey de Vei, “si no os parece demasiado largo el camino, mucho provecho haréis viniendo a vivir a mi reino”.

“¿Qué decís? Mi presencia no será de provecho para vuestro reino. El provecho vendrá si gobiernas con humanidad, benevolencia y justicia para todos. No os entrometais en los intereses de los ciudadanos. No los distraigas de su trabajo y la cosecha será abundante. Si pescas con redes de malla gruesa, no todos los peces serán saboreados en vuestra mesa. No metáis el hacha en las frondosas selvas antes de tiempo y la leña no faltará, y así el pueblo podrá alimentarse holgadamente y cumplir con sus obligaciones. Haced que se planten árboles de mora y apoyad la industria textil …. y cuando los hombres de vuestra patria cumplan 50 años podrán usar trajes de seda. Permitid la cría de pollos y cerdos y las familias podrán alimentarse de carne. Haced que las escuelas propaguen el respeto a los padres y a los ancianos y no volverás a ver personas con canas haciendo trabajo de jóvenes. Todo eso ya lo sabíais antes de que yo viniera, oh rey, pero en realidad yo veo que vuestros perros y vuestros cerdos han consumido el alimento del pueblo, y vos no lo remediaste. El pueblo moría de hambre en los caminos y vos no abriste los graneros, y viendo al país desmayando de hambre exclamaste: esta crisis no es culpa mía, sino de la esterilidad de la tierra y las malas cosechas”.

Decidme, pues, terminó diciendo Mencio al rey: “¿Hay diferencia entre matar a un hombre con un palo y una espada?”. Ninguna, respondió el rey.

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“Y.. ¿qué diferencia hay entre matar al pueblo con la

espada o hacerlo con una administración inhumana?”

Otras veces el sabio aconsejaba a los funcionarios chinos: “Amad al pueblo y no encontrareis obstáculos para gobernar bien. Si a un hombre se ordenara caminar por el mar con una montaña sobre los hombros y dijese No sirvo para ello, seguramente que le creerías. Pero si luego le ordenaras tomar una ramita, y caminar con ella, y dijera: “ No sirvo para ello”, ¿le creerías?. Al rey que no gobierna bien no se le debe comparar con el primero sino con el segundo. No le falta poder, sino que no tiene voluntad para gobernar”.

El rey preguntó: “¿Es verdad que el vecino rey Ven-huang tiene un parque de 70 cuadras de circuito?”

“Sí, así es,” respondió el filósofo: “ Pero su pueblo lo encuentra muy pequeño en realidad”.

“Sin embargo mi parque tiene apenas 40 cuadras de circuito, y he oído decir que mi pueblo se queja de que es demasiado grande. ¿Por qué ocurre esto?”.

Y Mencio replicó: “En el parque de Ven-huang entra todo aquel que quiere, ya sea para segar hierba, cortar leña o atrapar liebres y faisanes, ¿no había de encontrarlo pequeño el pueblo? En cambio en vuestro parque, es sabido que cualquier ciudadano que cace un ciervo tiene pena de muerte, como si hubiera matado a un hombre. Si vuestro pueblo encuentra a dicho parque demasiado grande ¿acaso se engaña?”

Volvió a preguntar el rey: ¿He leído que Ching-tang arrojó del trono al rey Kye, y que Wu-huang condenó a muerte al rey Cheu. Es verdad, la historia lo dice. ¿Es correcto, acaso, que un súbdito quite del trono a un rey y además le condene?”

Mencio respondió: “El que comete un hurto se llama ladrón. El que hurta la justicia se llama tirano. El ladrón y el tirano son hombres por igual, y no debe haber diferencia entre ellos. La historia recuerda que Cheu fue condenado a muerte, pero no dicen los libros que Wu-huang haya asesinado a su príncipe.”

De esta manera, el gran discípulo de Confucio recorría la gran nación china, difundiendo su filosofía de paz, comprensión y entendimiento. Más allá de su hábil retórica y de su viva dialéctica, Mencio impartió con toda convicción valores humanistas que tienen plena vigencia aun en nuestros días. Los chinos, concluye el historiador Cantú, admiran la claridad de las controversias y la natural viveza del diálogo de este gran “doctor”.

Mencio (c. 371-c. 288 a.C.), fundador de la filosofía china del confucianismo, conocido también por los nombres de Meng-Tse o Mengzi. Nacido en el seno de una familia noble de la minúscula dinastía feudal del estado de Zou (hoy en la provincia de Shandong), limítrofe con el lugar donde naciera Confucio, el estado de Lu, Mencio estudió confucianismo con el propio nieto de Confucio. Más tarde viajó por China durante años difundiendo esta doctrina y enseñando a los gobernantes

las obligaciones que les comprometían con sus súbditos. Obtuvo un cargo ministerial en el estado de Qi, famoso por su academia confucionista. Creía que el poder para gobernar proviene del Cielo (Tian), y tenía que ser desarrollado en el interés del pueblo. El cielo castigaría a los tiranos azotando sus reinos con catástrofes naturales, mientras que la gente también obedecería la voluntad del cielo si deponían a los tiranos. Mencio rechazaba la guerra excepto si ésta era defensiva. Según cuenta la tradición, pasó la última parte de su vida en reclusión junto con sus discípulos en su estado natal, convertido en un hombre desilusionado. En sus enseñanzas recalcaba la creencia de que el hombre es bueno por naturaleza, pero que esta bondad necesita cultivo que a su vez depende de una seguridad material. Si los soberanos, por lo tanto, reducen a sus súbditos a la pobreza y al egoísmo, habrían de ser destronados. Parece ser que Mencio también defendió algunas formas de meditación parecidas al yoga, que podían enriquecer las capacidades naturales de la persona de un modo semejante como la moral desarrollaba su corazón. El Mengzi, casi con certeza escrito por él mismo, está considerado un texto básico confucionista, uno de los Sishu (cuatro libros) del confucianismo. Sobre todo desde el desarrollo del neoconfucianismo a partir del siglo XI, Mencio ha sido reconocido como uno de los grandes filósofos de China, superado tan sólo por el propio Confucio.

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